CAPÍTULO 1
“MOTIVOS”
Tal
vez piense que estoy maldecido por el destino en este momento o que solo he
perdido el contacto conmigo mismo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez
que me reconocí frente al espejo.
¿Cómo me siento?
Me duele el cuerpo, un dolor mezclado con la angustia,
la desesperación y el miedo. No consigo dar con la palabra exacta para que
entienda de forma fácil lo que quiero decirle.
¿Son los nervios?
Observo que esta sala es algo húmeda y fría ¿puede
ser que usted esté pensando lo mismo que yo? temo que sí: veo en su voz, en sus
pensamientos, el deseo de escuchar en mi boca la palabra prohibida, como para
la cristiandad pronunciar el nombre del diablo.
Mírese al espejo y piense, ¿acaso usted, al igual
que yo, no ha cometido errores en su vida?, ¿Como cualquier ser humano?
Silencio en la sala.
Doy un trago de saliva como si fuese la última gota
de agua en el planeta.
Respiro. Suspiro.
Le entiendo, de verdad, sé cómo se está sintiendo. Déjeme
que le cuente.
Aquel
día, 23 de Octubre de 1982, me encontraba en el trabajo. Estaba muy agotado por
el enfrentamiento que tuve con mis padres, por una mala acción de mi hermano. Ya
sabe que los hermanos mayores somos propensos a sufrir todas las regañinas y
que, de una forma u otra y sin saber cómo lo hacen, consiguen que nos sintamos
culpables. Después de todo es ley de vida.
Permanecía inmóvil, en silencio como una de las
estatuas que veo cada día cuando voy camino a la empresa. Pero en uno de mis
oxidados reflejos, giro la cabeza y observo una silueta en el despacho de Nuevo Personal. La veo. Es ella. En ese preciso instante sentí lo que muchos
llaman "el golpe de Cupido", maldita sea.
-¿Qué me pasa?
¿Por qué tiemblo?
¿Le digo algo?, ¿le doy la bienvenida?
¿Sabe?, durante los 6 meses siguientes no paro de
observar su figura.
-¡Dios mío! ¡Es espléndida!
¿En serio que esa sonrisa que muestra es real? ¿Tanto
brillan sus ojos?
Parece una doncella, incluso con el traje de la oficina
Cuando menos lo esperaba se me puso en frente mía,
me miró y se acercó. Descaradamente.
-¡Hola!
-¡Buenos días! ¿Puedo ayudarle en algo, señorita?
-Por favor, llámeme Noemí.
-Encantado señorita Noemí, dígame.
-He visto que lleva observándome bastantes días y
quería saber porqué.
-¡Perdone mi atrevimiento, no quería ofenderla!
-No se preocupe.
-Oiga... ¿Quisiera tomar algo?
-¿Así de directo?
-¿Como? No la entiendo...
-¡Es una broma!
-¡Ahhh!... no la entendí al decirme eso.
-Jajajaja... Suelo ser algo chistosa. Encantada.
Después
de aquel día todo fue pasando muy rápido. Cuando quisimos acordar éramos
pareja, a los meses conocí a sus padres, al año nos casamos y ahora... Míreme,
con una niña preciosa de un año. Nuestra convivencia era genial. Conseguimos a las pocas semanas un pequeño
apartamento, al Oeste de Córdoba. Tenía unas vistas maravillosas, un salón
amplio, una cocina de estas que hoy amantes de la Década de los 80 llaman
"full" y, sobre todo, un dormitorio con un gran ventanal. Me sentía
rey en un palacio, mi propio palacio.
A la primera semana ya tuvimos que hacer una tabla
de las tareas de la casa. Yo, desde siempre he tenido la mala suerte de ser muy
pasivo en la casa de mis padres, generalmente porque disponía de mi madre. Una
mujer bajita, morena, con un sentido del humor característico de los comediantes,
siempre con una sonrisa. No era una persona culta en cuanto a libros porque no vio
la suerte, no conoció el colegio, pero era inmensa la experiencia que abarcaba
sobre temas de la vida. Sus consejos, mis hermanos y yo, a raja tabla.
Normalmente me tocaba los días impares cocina y
baño, los pares el dormitorio y el pasillo. Además, recoger cada uno de ellos, los
platos en el almuerzo y ella, lo hacía en la cena. De primeras nos fue
realmente bien. Sin problemas, sin discusiones ni nada de nada.
Todo
cambió cuando llegué tarde del trabajo aquella noche, viernes 18 de marzo. Esa
tarde estuve bastante saturado porque mi
jefe, el maldita madre me acusó de darle un golpecito en su deslumbrante coche,
por lo que me llenó mi limpia oficina de papelajos e informes. Supongo que era
la venganza de mi padre por haber cogido finanzas en vez de ser magistrado,
como el quería.
A partir de entonces, entre ella y yo, notaba una
suave tensión. Alguna indirecta colándose entre puertas, algo de rencor por los
vasos de la noche pasada, e incluso, por estar a mediodía la cama deshecha unas miradas ofensivas. Yo
paso las tardes trabajando y ella por las mañanas, en un sitio muy carismático
para mi gusto, un restaurante. Era evidente que no ensuciábamos por las noches.
Acostumbraba a traerse fiambreras llenas de los menús nocturnos que servían allí, eso sí, éramos adictos al arroz. Nos encantaba disfrutarlo viendo
una película de fantasmas, como la serie esta que hay de moda ahora, American
Horror History.
Fue
pasando el tiempo y esas cosas que carecían de importancia, como el piquear
entre comidas algo sólido, se volvieron francamente molestas, al igual que los
golpes de la vecina del 5º. Como odiaba a esa mujer y a sus estúpidos animales ladrando todo el santo día.
No conseguía que los educara en condiciones... Claro, eso pasa cuando tratas a
un perro como si fuese tu hijo, acaba por mandarte a quién sabe donde. Al
final, desobedientes y mal intencionados.
Hasta que una noche ocurrió algo que jamás pensé que pasaría. La golpeé. Le hice daño
tras una dura pelea. Estábamos conversando sobre uno de los temas que más
afectan entre las parejas, la aparición de un supuesto compañero de trabajo.
Ese tipo de compañeros molestos y preocupantemente decididos a tocar la herida
hasta que sangra.
Sin más, cogí los platos de la mesa mientras gritaba
dirección a la cocina:
-¿Porqué no me dijiste esto antes? ¿A caso no
confías en mí?
-¡Claro que confío en ti! pero se como te pones.
-¿Como me pongo? -¡Celoso!, con ganas de buscarlo y
causar problemas.
-Yo nunca te he causado problemas...
-¿Quieres que me despidan del trabajo? ¿Es eso lo
que quieres? Claro, como el señor de la casa gana un sueldo mejor, ya se siente
superior en todos los aspectos.
-¡No me hables en ese tono!, no me parece justo.
-¡Yo hablo y digo lo que se me antoja!
-¡He dicho que te calles!
Y se produjo el altercado.
Durante las próximas dos semanas no cruzábamos
palabra alguna. Yo estaba distanciado, coaccionado por los recuerdos y
enfurecido conmigo mismo. Ella, tan solo, me miraba en silencio. Notaba en sus
ojos el miedo y el desprecio.
Aquello no podía seguir así y decidí intentar arreglarlo con flores, una cena romántica y asistiendo a terapia psicológica porque sabía el daño que le hice. Nunca fui de esa manera, un monstruo criando a un maltratador dentro de mi cabeza...
Aquello no podía seguir así y decidí intentar arreglarlo con flores, una cena romántica y asistiendo a terapia psicológica porque sabía el daño que le hice. Nunca fui de esa manera, un monstruo criando a un maltratador dentro de mi cabeza...
Debía salir.
Dormir.
Trabajar.
Vivir con ello.
Aunque necesitaba sentir, en cada momento, su
aliento constante acariciando mí nunca en las noches y sus manos rozando mi
piel seca, era inevitable que ella durmiese noche tras noche en el cuarto de
invitados. Un viejo trastero que transformamos una semana antes de que sacara
la bestia causante de mi desgracia.
Alivio.
Calma. Sosiego.
Me perdonó mis errores después de hacer todo lo
posible por cambiarme o por intentar que yo enmendara lo que en su día hice.
Jamás me sentiré orgulloso de ello.
Usted
sabe lo difícil que es llevar una familia adelante, al igual que yo porque,
justo un año después nació mi hija. Una niña preciosa, castaña como su madre,
unos ojitos verdes oscuros como el color de las hojas en primavera y una piel
suave como la seda. 3kg de peso, no se si es mucho o no, pero estaba hermosa
con ese trapo que le compró mi suegra por Navidad. Me encantaba mecerla por las
noches. Deseaba que en el momento menos esperado dijese mi nombre, me llamara
Papá clamorosamente con el mismo ímpetu que tienen en su primer día de escuela.
Soñaba con poder verla dar su primer pasito sin la
ayuda de su madre, coger por primera vez una cuchara, observar cómo abre y
cierra todos los muebles de la casa… Sin duda, tener charlas con ella sobre
hombres, amigos, fiestas y toda clase de sentimientos que se manifiestan a la
edad de los 10, los 12, los 16, los 18… Sin embargo, no podrá ser, eso ya lo sabe. ¿Verdad?
Inquietud.
Intriga. Fatiga.
Hace cuatro meses que cumplió un año y aún no he
podido verla. Creo recordar, que la última vez que la vi, estaba en las manos
de mi cuñada, prácticamente me la arrancó de las manos. Es lógico. Supongo que
quién iba a querer a una persona como yo de padre, con esta actitud ante la
vida. Nadie.
Golpes en la mesa.
Sobresalto.
Su
interés aumenta por minuto que pasa. Quiere saber qué pasó realmente, cómo
acaba todo lo que le estoy contando pero debe ser paciente. Dicen, las buenas o
malas lenguas, que la paciencia es madre de toda ciencia. Contaré el resto si
me lo permite, puesto que yo sé como acaba esto. Usted no.
La
semana pasada me sentía destrozado por dentro. Ella me había traicionado con
aquel supuesto amigo, el que trabajaba en el restaurante. Sí, para su asombro y
el mío, era su amigo. Ese mismo martes quise poner las cartas sobre la mesa.
Hablé con ella, claramente a gritos, como si se hubiera apoderado de nosotros
el mismo mal que yo tuve en su momento. Con un odio y una ira descomunal
comencé yo:
-¿Como puede ser que me engañes de esta forma?
-¿Engañarte? ¿De que narices hablas?
-Se que te ves con él en las tardes cuando estoy
trabajando, te ven entrar y salir con él
-¿Estás loco? ¡No tiene ningún sentido lo que dices!
Jamás, óyeme, ¡jamás te haría algo así!
Por supuesto que no la creí, tenía pruebas de ello.
Lo hizo solo para quitarse las culpas de todo y evadirme como siempre hacía
cuando se trataba de ir a por la compra. Era exactamente lo mismo.
¿Sabe que hice? Lo busqué a él, a ese mal nacido que
me arruinó la vida por completo. Quedé para hablar de este tema, pero
haciéndome pasar por mi esposa. Con ella hice exactamente lo mismo. Era mía,
solamente mía, nadie tenia derecho a meterse en nuestra relación como se le
antojara.
Sí, acabé con sus vidas con mis propias manos de una
forma sutil. Provoqué un accidente de tráfico. Una minúscula incisión en el
cable del freno de nuestro vehículo hizo de ellos un mal recuerdo, pasajero hoy
por hoy en mi cabeza.
Y ahora usted que está sentado frente a mí, en esta
sala de interrogatorios, en este departamento
de la Policía Nacional, junto a la grabadora que recopila toda mi
declaración como autor de un delito…
¿Es capaz de entender por qué lo hice?